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ANA FRANK: ALAS DE LIBERTAD




Crítica al musical: El diario de Ana Frank: un canto a la vida


Basado en uno de los libros más vendidos de todos los tiempos, El diario de Ana Frank, un canto a la vida, recrea la emoción que subyace en cada una de las palabras de la joven alemana que perdió sus sueños, su esperanza y sus sonrisas, en el holocausto judío perpetrado por los nazis. Quien haya leído el libro, probablemente no pueda llegar a imaginarse una historia tan trágica, y aún más escalofriante por ser real, convertida en un musical al uso actual. Pero, ¿consigue esta producción estar a la altura de toda la carga emocional y, sobretodo, del mensaje de esperanza que se adivina en la obra literaria? ¿Es este, realmente, un producto digno del nombre de Ana Frank, que tanto ha inspirado y conmovido al mundo?

Vayamos por partes. En primer lugar, es de ley aplaudir a Rafael Alvero, creador de una idea, tan original como descabellada, y director del proyecto, así como a Jaime Azpilicueta, experto dramaturgo y adaptador, pues ambos han logrado sorprenderme, a través de sus textos y de su puesta en escena, con la ambientación que logran sobre el escenario. Ana Frank, realmente, está allí, se mueve, canta, habla cara al público y escribe su diario con la convicción que, ya desde la primera página del libro, nos atrapa hasta el trágico desenlace.

Sin embargo, el testimonio del diario deja de convertirse en conflicto teatral, capaz de mantener el interés del público hasta el clímax final, en pos de un devenir, muy agradable, eso sí, de escenas dramáticas que alargan más de lo innecesario una historia no concebida, por pura lógica, para convertirse en un musical de dos horas y media de duración. La producción cumple con creces lo prometido: allí, sobre el escenario, se encuentra el diario de Ana Frank. La lástima es que no se disfrute de la misma manera que cuando lo leemos.

Y no hablo, aquí, de fallos de dirección o de actores carentes de rigor escénico. Simplemente, no creo que la historia, pese a su grandeza literaria, sirva para ser contada de forma musical sobre un escenario. Si a esto añadimos que la totalidad del público asistente, ya conoce el trágico desenlace antes de alzarse el telón, y que las numerosísimas escenas musicales no acompañan en el desarrollo de la narración, sino que, más bien, adornan las palabras de la protagonista, tendremos, por resultado, un montaje carente de emoción, en cuanto a su devenir narrativo, plano, lento y, en ocasiones, aburrido.

Pero, permítanme, ahora, analizar esta historia como lo que realmente es, y tan bien subtitulan en el musical: un canto a la vida. Un testimonio de esperanza en mitad del horror de la guerra, una enorme pancarta de ilusión y ganas de vivir, que arrastra con la sin razón de uno de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad. El montaje musical, entonces, gana muchos enteros, y se convierte, casi de manera sobresaliente, en una reivindicación y en una poesía, en un grito desgarrado cantado con la dulzura de las voces inocentes.

El diario de Ana Frank, en su versión escénica musical, no debe disfrutarse con los ojos abiertos y el corazón cerrado. Es tal la sensibilidad que esconden sus escenas, que no se pueden acallar las emociones, y es, en este caso, las emociones las que aplauden, con convencimiento, un trabajo titánico y muy bien resuelto. La dramatización de un texto literario tan complejo como la obra de Ana Frank, no puede sino catalogarse de perfecta, pues conserva toda la dulzura y la humanidad del libro, toda la esencia que nos hace reflexionar sobre la condición humana y sus actos y, aún más importante, el objetivo final que el escrito presenta: la nada. Un diario se escribe por muchos motivos, pero nunca para convertirse en una historia leída con la que poder disfrutar; y ahí reside el misterio y la gloria del texto, en ser escrito sin más motivo que el simple placer de escribir, matando la soledad a favor de un espejo literario en el que vernos reflejados.

Este es el gran logro. Basta con tener cierta sensibilidad, para descubrirnos encerrados en la misma “casa de atrás” que los protagonistas, sentir el miedo, la frustración, la ira, el dolor, y la ilusión, sobretodo la ilusión por una vida que, de no pararnos a pensar, se nos escapa de las manos con cada nuevo día. Visto de esta forma, como una invitación a la autorreflexión, El diario de Ana Frank se convierte, gracias a la magia del teatro, en una obra literaria inmortal que alcanza, también, a un lector colectivo que no está leyendo, sino viviendo la historia a través de sus escenas y canciones.

Cumplen sobradamente los escenarios, en ocasiones, mínimos, siempre correctos y, aún mejor, comedidos en cuanto a espectacularidades innecesarias, circos y vanaglorias varias que tan acostumbrados estamos a ver en el género musical. Aquí todo tiene un por qué, incluso los movimientos escénicos están contados, y siempre cumplen con una labor estética y plástica, en combinación con las acertadas luces, que crean cuadros de gran belleza artística.

La grandísima, pese a sus trece años de edad, Isabella Castillo logra una Ana Frank conmovedora y real, frágil y fuerte, niña y mujer, con una interpretación y, sobretodo, una voz tan dulce y potente que solo por escucharla en directo merece la pena acudir al teatro. La acompañan, como protagonistas de lujo, una excepcional Marta Valverde, cuyo personaje se torna inolvidable gracias a su brillante interpretación; Juan Carlos Barona, cuya voz siempre es un placer disfrutar, y Alberto Vázquez, también perfectamente ubicado en escena. El resto del elenco completa un trabajo muy digno y perfectamente llevado a escena, de una manera muy profesional y que merece alabanza.

La partitura, de José Luís Tierno, engloba un conjunto de piezas muy desigual que presenta grandes temas, diría que rozando la perfección, con otros de corte más simple y menos trabajados que, sin embargo, no desentonan y permiten, incluso, el desahogo del espectador, ante el drama real en el que se haya sumergido. No acompañan, eso sí, las enormes carencias en la orquesta, y no me refiero a los profesionales que allí se encuentran, interpretando de manera muy correcta la partitura, sino de las enormes faltas que se echan de menos, concretamente en la sección de cuerda, donde es mucho más flagrante e, incluso, daña al oído, el continuo uso de teclado y sintetizadores. Una lástima, pues la partitura luciría mucho más y mejor.

El diario de Ana Frank ya tiene su musical, como muchos de los grandes clásicos de la literatura, pero no ha de verse con los mismos ojos que otras adaptaciones; esta historia no es historia, es un canto, un poema, una parte (ahora sí) de la historia de la humanidad, el espíritu arrollador de una persona que murió en la inocencia de la esperanza, para dejarnos, a nosotros, las palabras mágicas que encierran el secreto de esta vida: tan solo basta con creer. Creamos en este proyecto, digno proyecto, de origen español, por si no lo sabían, y concedámosle sus alas merecidas de libertad.

LO MEJOR:
-Isabella Castillo
-La esencia que encierra la historia
-Algunos cortes de la partitura
-El uso del escenario
-Buenísima adaptación de su homónimo literario
-La sensibilidad que despierta

LO PEOR:
-Si solo nos quedamos con la historia, es lenta, plana y aburrida
-Los sintetizadores en la orquesta

CALIFICACIÓN FINAL: 3,5/5 : MUY RECOMENDABLE

Esteban García Valdivia

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