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EL DESCENSO DEL MONTE MORGAN (Nuestra Crítica).




Un hombre, un accidente, dos mujeres y un destino compartido: “el mismo marido”.


Lyman Felt (Oscar Martínez) es un hombre al cual la vida le ha dado mucho. Podría decirse que lo tiene todo, afectos, dinero, trabajo y "muchos" más. Lo suficiente como para concluir que uno de sus logros se mide “por partida doble”.

Es así como este hombre, tras resultar victima de un accidente en el Monte Morgan y del cual se recupera en una cama de un hospital, manifiesta la dualidad mencionada con la presencia de sus dos esposas, las cuales se enteran sin preludios que han sido destinatarias de un terrible engaño.

Por un lado están la mujer que acompaña a Lyman por más de 30 años de matrimonio, Theo (Carola Reyna) y la hija de la pareja – Bessie (Malena Figó). Y por el otro, la segunda mujer, Leah (Eleonora Wexler), con la cual el accidentado lleva nueve años de casados y la crianza de un hijo de ocho años. Ofician como mediadores, el abogado del bígamo (Tom – Ernesto Claudio) y la enfermera que lo asiste (Logan – Gaby Ferrero).

El tema del "descenso" no sólo está conectado al accidente del protagonista, sino que además está muy presente en lo que este personaje debe afrontar. Su forma de vida se desmorona a pasos agigantados, él intenta justificarse y seguir adelante junto a sus mujeres. Theo y Leah también se encuentran en pleno descenso, la sociedad entera las observa a través de los medios de comunicación, ellas deben lidiar con la moral de respetar los preceptos sociales, ser el hazmerreír de sus propios destinos, o aceptar que mientras no estaban al tanto de la bigamia de su marido, eran verdaderamente felices.

Esta producción de “El descenso del Monte Morgan” cuenta con un elenco que no tiene desperdicios. La presencia escénica de cada uno de ellos (y más precisamente de los tres protagonistas) es destacable, funciona de forma tal que la trama se inicia desde lo cómico, para luego conectarse a una temática más seria y debatible en un marco social y hasta filosófico.

El trabajo de dirección de Daniel Veronese es sinónimo de un profesional que sabe aprovechar el espacio donde se sitúa la acción y que al mismo tiempo comprende cómo darle vida a una obra con continuos saltos en el tiempo y con personajes que se encuentran observando las reacciones de otros como desde un arriba, o del lado del público.

El diseño de escenografía de Alberto Negrín es increíble. El movimiento vertiginoso que pretende, transmite sensaciones que son ampliamente recibidas en la platea. Desde el fondo del escenario se abren espacios desde los cuales entran y salen (como por si solos) elementos como una cama de hospital (la cual también transporta a su ocupante), o dos sillones que representan las posiciones establecidas por cada una de las esposas. Además, una serie de luces de led – agregadas al piso del escenario, alteran su intensidad para generar un efecto de mayor dramatismo según el momento preciso de la historia.

La versión argentina de este clásico de Arthur Miller (1991) se presenta en el país por primera vez en el Teatro Metropolitan 2 (Av. Corrientes1343).

FACUNDO ESPÓSITO

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También en la cartelera de Buenos Aires, “Todos eran mis hijos” de Arthur Miller…

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