Enrique Jardiel Poncela podría ser catalogado como un adelantado a su tiempo. El dramaturgo y novelista madrileño, era un espíritu libre incapaz de doblegarse ante las directrices marcadas por la rutina del teatro, heredado del s. XIX.
Se liberó de las cadenas que lo sujetaban a los moldes impuestos por la sociedad del momento, dejándose llevar por la embriaguez de los vientos de la extravagancia. Su obra está marcada por la aceptación de lo absurdo de la existencia humana. A través de la misma, podemos comprender el desgarro vital que: adopta y adapta de la herencia de Quevedo. Éste se manifiesta mediante la irracionalidad de un ser humano, que carece de la capacidad para comprender que: la línea de la racionalidad del hombre es difusa. Precisamente, ese desconocimiento es el que permite la humanización de sus personajes; permitiéndoles escapar por unos instantes de ese universo caricaturesco, que nos evoca al mundo esperpéntico de Valle Inclán.
De Poncela se ha dicho que se adelantó a Ionesco y Adarnov, en la dramatización de situaciones extravagantes. Muestra de ello, son sus diálogos gracias a los cuales se convirtió en un “escultor de vanguardia”. Para ello, empleó como materia prima su ingenio, el cual le permitió tallar con esmero sus “esculturas”, gestadas con la semilla de: la ironía, los diálogos equívocos y las sorpresas. El broche de oro de la recogida de su siembra, lo ponía en la solapa de los espectadores, presentando un cóctel en el que se mezclaba lo sublime con lo vulgar.
Lo más destacado de su obra
El 28 de mayo de 1927, se estreno en el teatro Lara de Madrid: Noche de primavera sin sueño. Ésta puede ser considerada como su primera obra representativa de su forma de hacer teatro y humor. Con ella, comienza su camino de dramaturgo en solitario, al independizarse de su amigo y colaborador, Serafín Adame. A éste le cede la autoría de sus colaboraciones. Rompe con su “pasado creador”, abriéndonos las puertas de su palacio del absurdo.
El público parecía no ser consciente de la riqueza de los tesoros que se les mostraban. El éxito teatral se resistía. Poncela, veía como las tablas de los escenarios crujían con el peso de la incomprensión. Éste trató de aferrarse con fuerza a la cuerda tejida con los filamentos de la extravagancia de su ingenio. En la obra: El cadáver del señor García, creyó ver el revulsivo que el público necesitaba para coronarle con el laurel de la victoria. Se equivocó, ésta resulto ser un gran fracaso. Aunque le permitió darse a conocer.
En 1932, estrenó en Valencia: Usted tiene ojos de mujer fatal. Años más tarde, concretamente en 1934 estrenó: Angelina o el honor de un brigadier, la cual, posteriormente, recibiría el nombre de: Angelina o un drama en 1880.
Su enorme capacidad creativa parecía no tener límites. Así lo reflejo a lo largo de su carrera como dramaturgo, dejando subir a los escenarios a esas sombras distorsionadas, imagen de una humanidad oculta tras falsas apariencias. En su obra: Eloísa está debajo de un almendro, estrenada en 1940, lo deja más que patente. Ésta es considerada su obra maestra. Su trama podría calificarse como: comedia negra. En ella los elementos cómicos, absurdos y disparatados se suceden en un vaivén de situaciones increíbles, tras las que se ocultan los verdaderos sentimientos de los personajes.
La creación teatral de Enrique Jardiel Poncela, supuso un punto de inflexión en la representación teatral de principios del s. XX. Éste se encargó de trazar su camino a través del lenguaje de la banalidad. Blandió su espada contra sus enemigos: los tópicos y las repeticiones, con la esperanza de iluminar el camino de ese teatro acartonado por las garras del espectro de un mundo marcado por los convencionalismos.
LORENA PEÑA