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HISTORIA DEL TEATRO III: Renacimiento




Tercer capítulo de la Historia del Teatro


El Renacimiento fue la época histórica que marcó el paso de la Edad Media a la Modernidad. Los propios historiadores no se ponen muy de acuerdo a la hora de establecer el inicio de este período de forma oficial, ya que hay algunos que defienden el año 1453 como el principio (cuando los turcos invadieron Constantinopla) y otros prefieren retrasarlo hasta 1492 (con la llegada de los españoles al continente americano). Quizás estas fechas tan generales que tratan de englobar a toda Europa sean incluso tardías, pues el movimiento renacentista había surgido ya en Italia a mediados del siglo XIV. Sea como fuere, lo que sí es cierto es que en toda Europa estaban decayendo los cánones medievales a marchas forzadas, principalmente por la paulatina pérdida de la presencia religiosa en la vida cotidiana, y la consecuente liberación que ello supuso para artistas, científicos y pensadores en general. El caso que nos toca, el del teatro, se vio inmensamente favorecido por este cambio de pensamiento, ya que empezaron a componerse obras dramáticas enfocadas desde el hombre para el hombre, más centradas en los personajes y sus costumbres que en la moralidad. Además, en este período se produjo un hecho clave para la difusión de las ideas a través del papel: el descubrimiento de la imprenta por Gütenberg, lo que propició la publicación de obras literarias y su lectura, así como la aparición de clases sociales (más cultas) que gustaban de la buena literatura o mecenas que sentían ansias de invertir en los nuevos talentos.

El teatro sufrió una evolución que fue llevándolo poco a poco hasta su cénit, ya en el Barroco. Se prolongó en el tiempo un teatro religioso, heredero del de la Edad Media y muy relacionado todavía con la liturgia, pero, a su vez, se desarrolló un teatro profano, que arraigó profundamente entre el público y que encontró uno de sus máximos exponentes en el español Lope de Rueda. Atendiendo al tipo de público que asistía a las representaciones, el teatro profano podría dividirse en tres vertientes:
1. El teatro populista, que buscaba contentar al auditorio, principalmente.
2. El teatro cortesano, muy relacionado con las clases nobles y sus fiestas privadas.
3. El teatro erudito, generalmente desarrollado en las universidades.

En Italia, la ya mencionada cuna del Renacimiento, se empezó adaptando églogas líricas hasta que, con el tiempo, quedaron convertidas en églogas dramáticas (de las que, en España, bebió Juan del Encina para crear sus obras) y conformaron así un nuevo género teatral. Poco a poco, el desarrollo del teatro erudito, muy culto y, por lo tanto, poco dirigido al público de a pie, encontró una reacción negativa entre cierto número de escritores y compañías teatrales. La consecuencia de esto fue la creación de la “Commedia dell’arte” (Comedia del arte), un tipo de teatro bastante cómico en el que no se escribía todo el texto, sino que contaba con unos sucesos predefinidos y unos personajes fijos con frases características ya asignadas, que, mediante algunas pautas y la improvisación, creaban el texto de las obras ‘in situ’. Las tramas más habituales y demandadas eran las de enredos amorosos, en las que intervenían estos personajes arquetípicos mencionados anteriormente; ellos llevaban la cara cubierta por una máscara, pero ellas no. Hasta hoy han llegado sus andanzas y sus nombres (Polichinela, personaje jorobado y muy sarcástico; Pantalone, el avaro comerciante; el Capitán, soldado fanfarrón que presume de sus proezas; el Doctor, el clásico erudito pedante; o Arlequín, personaje cómico con un traje de colores), y muchas de sus características se siguieron adaptando siglo tras siglo, obra tras obra. La Comedia del arte se extendió por toda Europa y tuvo una repercusión inmensa en la actividad dramática de los países cercanos a Italia.

En Inglaterra no se vivió una actividad dramática especialmente fructífera en los primeros años del Renacimiento, y tan sólo pueden encontrarse tres modalidades dramáticas: el teatro culto (con el que pretendían imitar a los clásicos), el teatro religioso (moralista en su mayor parte), y las compañías itinerantes (que representaban obrillas de carácter cómico). Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XVI, el hecho teatral experimentó un crecimiento sin parangón que preconizaba el Barroco en toda Europa. Es lo que conocemos como “teatro isabelino”, período en el que los británicos controlaron y potenciaron su teatro mediante la formulación de leyes (entre las que destaca la construcción de teatros estables como ‘The Theatre’). Además, en los últimos años de la centuria, aparecería el artífice del despegue definitivo del teatro inglés: el genio dramático de William Shakespeare (cuya producción literaria no vamos a considerar en este capítulo por adentrarse en gran medida en el sentir de los comicios del Barroco).

Por su parte, en España, el Renacimiento se inició con la publicación de una obra fuera de lo común, tanto en su forma como en su contenido: “La Celestina”, en la que se obviaba completamente a la religión, se potenciaban las tramas amorosas y mágicas, y se adoptaba un tono políticamente incorrecto por sistema. No se parecía a nada de lo que se estaba escribiendo en la Península en aquellos momentos, pues los pasos que los dramaturgos daban se alejaban aún despacio del Medievo. Según fue avanzando el siglo, las composiciones italianas empezaron a dejarse sentir con fuerza en España, y autores como Juan del Encina o Lucas Fernández tomaron muchos de sus motivos para sus creaciones. Poco a poco se irán presentando los elementos que predominarán en el siglo siguiente, como la inclusión del tema del honor o las comedias de capa y espada. En una segunda generación de autores teatrales renacentistas, destacó Lope de Rueda, un hombre de teatro de los pies a la cabeza: escritor, director, actor, que experimentó en sus obras para tratar de encontrar nuevas líneas de escritura y contentar así a su público, cada vez más numeroso. Gracias a él y a sus “Pasos”, el teatro breve cobró una importancia especial en el panorama dramático. Por último, no hay que olvidar que, a finales de este siglo es cuando empezó a desarrollarse también la actividad literaria de Cervantes (quien también se encuadra ya en el Barroco).

Si bien el Renacimiento no supuso del todo la consolidación de la época dorada del teatro, sí podría decirse que fue, sin lugar a dudas, su precursora, y que gracias a los avances en la técnica y el pensamiento que tuvieron lugar en este período, se pudo desarrollar en toda Europa el teatro barroco, y lo que, en España, se convirtió en una de las etapas más maravillosos y apasionantes que ha vivido la literatura, y que hoy conocemos como Siglo de Oro español…

Esmeralda López

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