El Romanticismo es un movimiento revolucionario que defiende la fantasía y la imaginación. Abarca la primera mitad del siglo XIX, que es una etapa de fuertes tensiones políticas; los conservadores defienden sus privilegios pero los liberales luchan por suprimirlos, los católicos se defienden frente a las ideas de los librepensadores, la clase obrera desencadena movimientos de protesta...
Mientras en Europa se desarrolla fuertemente la industria y la cultura, España ofrece la imagen de un país poco adelantado. Durante el siglo XIX, vive uno de los periodos más agitados de su historia. Se abre el siglo con la guerra de la Independencia, contra Francia, y termina con el desastre de 1898, que significa la pérdida de Cuba y de Filipinas; con ella concluye el dominio español en América.
A lo largo del primer cuarto del siglo XIX, el romanticismo tendía a centrarse en hechos históricos o extraordinarios y simplificaban demasiado al personaje. Sin embargo a principios de 1930 el énfasis pasó del espectáculo y la emoción a la recreación de lo local y de la vida en el hogar. Este cambio requería nuevas prácticas de puesta en escena. Por ejemplo la idea del escenario de caja se puso de moda; el público observaba a través de la imaginaria cuarta pared. Accesorios, atrezo y mobiliario tridimensional vinieron a reemplazar las pinturas. Los actores interpretaban como si estuvieran en realidad en el lugar pretendido, ignorando la presencia del público, con esto, se desarrollan nuevas actitudes; en vez de asumir una determinada pose y de recitar versos, los intérpretes creaban acciones apropiadas para el personaje y la situación. Asimismo, los autores fueron empleando más detalles realistas y apareció la concepción moderna de director; la creciente dependencia de las cuestiones técnicas, la aparición de autores que no se involucraban directamente y la conveniencia de interpretar aspectos psicológicos del personaje, crearon la necesidad de una persona que organizara “ajena” al proyecto. Los románticos se centraron más en el sentimiento que en la razón y glorificaron la idea de artista como genio loco liberado de las reglas. La protagonista de todas las obras románticas es el alma exaltada del autor, el choque entre los anhelos del romántico y la realidad, produce el descorazonamiento y el suicidio, solución en la que algunos se ampararon, como Larra.
Al ir aumentando el público, cambiaron las cuestiones económicas. Mientras que antes los actores formaban parte de una compañía de repertorio que podía representar docenas de obras en rotación continua, los actores empezaron a ser contratados para intervenir en una sola obra y representarla tantas veces como el público estuviera dispuesto a pagar.
La mezcla de las bases del romanticismo y lo popular condujeron al desarrollo del melodrama, el género dramático más arraigado en el siglo XIX. El melodrama como literatura es a menudo ignorado o ridiculizado, sin embargo, representa la forma más popular de teatro jamás producida. La trama se centra en torno a un conflicto entre un protagonista virtuoso y un malvado villano. El héroe salva una serie de dificultades aparentemente insuperables antes del triunfo final.
A mediados del siglo XIX el interés por el detalle y la psicología de los personajes condujo al naturalismo en el teatro. Los naturalistas sintieron que el objetivo del arte debía ser el de mejorar nuestras vidas. Los dramaturgos se pusieron a observar y a retratar el mundo real. Los naturalistas ven en la herencia y el entorno la raíz de todas las acciones humanas y el teatro decidió ilustrarlo. El resultado de este planteamiento fue un teatro centrado en los elementos más sórdidos de la sociedad. Teóricamente una obra naturalista no tenía planteamiento, nudo y desenlace, en la práctica los episodios eran seleccionados y acomodados para facilitar el efecto dramático. Del mismo modo los estudios en el campo de la psicología se adentraron en el realismo de las motivaciones psicológicas de los personajes. Los autores de finales del XIX crearon personajes tridimensionales colocados en situaciones y lugares. Las figuras más relevantes de este estilo eran Ibsen y Strindberg, considerados con frecuencia como los fundadores del teatro moderno.
Aparte del teatro existían fórmulas populares en los teatros de los bulevares de París, en los music-halls de Londres y en los locales de vodevil estadounidenses. La mayoría de estos establecimientos ofrecían una mezcla de música, danza, circo y pequeñas obras cómicas.
El romanticismo apareció en primer lugar en Alemania, un país con poca tradición teatral antes del siglo XVIII. Alrededor de 1820, el romanticismo dominaba el teatro en la mayor parte de Europa. Muchas de las ideas y prácticas del romanticismo eran ya evidentes en un movimiento de finales del siglo XVIII liderado por Goethe y Friedrich von Schiller. Estas obras no tenían un estilo en particular, pero sí eran emocionales en extremo y abonaron el terreno para el rechazo del neoclasicismo.
El teatro ruso empezó a desarrollarse en los ocasos del siglo XVIII. El teatro de Ostrovski y Gógol, era realista en lo que se refiere al estilo pero el naturalismo se impuso a finales del XIX con las obras de Tolstói y Gorki. Chéjov, aunque este considerado simbolista, tiene rasgos realistas en sus obras. Las obras de Chejov tuvieron gran aceptación entre el publico gracias a la interpretación de un director llamado Konstantin Stanislavki. Este fundó en 1898 el Teatro del Arte de Moscú para la producción de teatro realista. Pero Stanislavski se dio cuenta pronto de que el vestuario y el mobiliario real eran insuficientes, y que se necesitaba un estilo de interpretación que permitiera a los actores sentir y proyectar emociones reales. Su deducción cuajó en un sistema, conocido hoy como El Método, que aún es la base para la formación de muchos actores.
El teatro romántico español buscó la inspiración en los temas medievales y presenta a un héroe dominado por las pasiones. Se recuperan las formas y estructuras del Siglo de Oro pero con una maquinaria y efectos suntuosos y aparatosos. La voz engolada y el verso triunfan. En España, el romanticismo es considerado complejo y confuso; algunos la entendieron como una mera restauración de los valores que habían deseado suprimir los racionalistas y otros reclamaban los derechos del individuo frente a la sociedad y a las leyes.
Su gran figura es José Zorrilla. Además de notable poeta, Zorrilla es posiblemente el mejor autor dramático del romanticismo. Escribió millares de versos. En esta fusión de lo lírico, lo épico y lo dramático reside lo peculiar y distintivo de Zorrilla. Su obra más importante fue Don Juan Tenorio. El tema del burlador es retomado con gran libertad y en su entusiasmo romántico hace que sea el amor quien redime al seductor. La fuerza y encanto de este personaje y obra ha conseguido que nunca haya dejado de representarse en algún teatro español. Sin embargo el que tuvo un gran éxito en su época y se le considera el introductor del romanticismo en España es el duque de Rivas. Era un autor de menor valía pero al que se le debe la obra Don Álvaro o la fuerza del sino. La aparatosidad escénica de Don Álvaro era tan grande que en la escena final en medio de una tormenta se producen cuatro muertes violentas mientras unos monjes cantan un miserere de fondo. También destaca Juan Eugenio Hartzenbusch. Consagrado al teatro, obtuvo un rotundo éxito con su obra más famosa Los amantes de Teruel. Continuó publicando cuentos, poemas y artículos de costumbre.
Carmen Bena