Muchos dicen que si crías cuervos te sacarán los ojos, o, mejor aún, que si duermes con niños te levantarás mojado. Pero hay otros refranes, otras frases del queridísimo acerbo popular, que dejan a los infantes en su mejor lugar, tal es el caso de: casa sin niños, tiesto sin flores; o los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.
Nunca llueve a gusto de todos y no siempre estaremos todos de acuerdo con cualquier tema. Sea como sea, el artículo que hoy os ofrecemos, tiene que ver con esos reyes bajitos de la casa; con esa gente pequeña que, a diferencia de nosotros los adultos, aún no ha sido corrompida y cuya sinceridad, deja en muy mal lugar a los que hemos dejado atrás ya alguna década.
Vamos a hablaros de los niños, de los niños actores. De esos parvulitos que se suben a las tablas de los grandes teatros para, a fin de cuentas, actuar y darnos lo mejor de su actuación y hacer alarde, muchas veces, de su espontaneidad. Y no, no es éste un artículo de esos en los que nos dedicamos a criticar sin medida ni atacar ferozmente a los adultos que, por los motivos que sean, colocan a sus hijos, sobrinos, nietos, vecinos encima de un tablado. De eso ya han corrido ríos de tinta y, Redteatral, como bien sabéis los fieles seguidores, prefiere dejar un buen sabor de boca y un dulce recuerdo de un trabajo que, a quien más y a quien menos, nos hace pasar muy buenos ratos y sanos momentos de humor.
Hoy quiero hacer algo que pocas veces he visto. Hoy, pretendo vanagloriar, loar, aplaudir y enaltecer el trabajo de muchos menores que lo dan todo por un sueño, que se divierten como lo que son, enanos, sobre un escenario, y de todos aquellos pequeñajos que podían servirnos de ejemplo a muchos mayores. Aquí va nuestro particular homenaje para esos grandes pequeños actores de los que, pocas veces, he oído decir que lo hagan bien, cuando raras veces son las que lo hacen mal o dejan que desear.
En muchas ocasiones, he oído decir que los niños “viven” todo lo que hacen, que dan todo por cada minuto en que se divierten, y que su sinceridad, no desaparece como por arte de magia. Es por esto, por lo que tenemos la humilde opinión de que: niño que se sube a un escenario, es porque realmente le gusta y se divierte con ello. Independientemente de si le han coaccionado o le ha sido impuesto, por parte de algún mayor. No me imagino yo a un niño de esos que siempre va al rebufo de las faldas de su madre, o a la zaga de la abuela, saliendo delante de un numeroso público a cantar, actuar, o a hacer reír. Directamente, es que no saldrían; mientras que un crío extrovertido, espontáneo y vivaracho, sí lo hará; incluso será él mismo, quien se presente a un oportuno casting para probar su inexorable suerte o azar.
Y ¡no olvidemos lo agradecidos que son los pequeñuelos!, que una vez se les da la oportunidad, lo dan todo y, se dejan su poco pellejo, en hacerlo lo mejor que pueden, en dar al público lo que busca y en dejarnos muy buena impresión.
Son los niños, y no lo digo sólo yo, los que más respetan el guión; con su envidiable naturalidad, de la que se acompañan todas las horas del día. Son ellos, los que muestran mayor seriedad a la hora de ensayar, de acatar las órdenes de los directores y los que mayor satisfacción otorgan con su trabajo finalizado. Precisamente por eso: porque lo viven todo mucho más que los adultos; porque lo dan todo por muy poquito, y porque saben lo que tienen, cuando lo saborean.
Muchos son los niños que tiran de sus papás para que los lleven a casting, a pruebas o, los apunten a clases de algún tipo de arte, y no lo hacen por pasar el tiempo, sino porque, desde pequeñitos, saben lo que quieren, y lo saben bien. Todos sabemos de alguien que ha decidido a lo que se quiere dedicar, a los 18, los 25, o incluso a los 30 años. La diferencia con estos niños, es que tienen las cosas mucho más claras, y no vemos maldad en ello. Y mucho menos, cuando a todos se nos enternece el alma cuando vemos salir a escena a uno de éstos, que no levantan tres palmos del suelo, y nos arrancan un sonoro aplauso. ¿Y lo felices que ellos son haciéndolo?, no lo ven como un trabajo, y quizá ahí, reside el secreto de su éxito, que a nadie, dando igual el motivo, deja indiferente.
Otro aspecto relevante de los chiquillos es, sin duda, su constancia. Como digo, no es un trabajo para ellos, aunque tampoco un juego, sino algo intermedio que no sabrían describir y, que cuando no lo tienen, lo extrañan. Me refiero a la ley por la cual un menor, ya sea protagonista o secundario, no puede hacer todas las funciones: la legalidad recoge que debe tener, lo que conocemos en el mundillo, como cover, que haga un número concreto de funciones en lugar del peque. En estos casos, los niños lo aceptan, pero no les gusta: ellos quisieran estar ahí, día tras día, a todas horas, para poder disfrutar, de la oportunidad que se les ha dado, sin perder detalle. Y eso… es de elogiar.
Me podría pasar días y días o, refiriéndome a lo que nos atañe, hojas y hojas, hablando de estos pequeños enormes genios de los que tenemos mucho que aprender. Pero, como bien he dicho, los adultos somos más evasores, más pasivos y menos entregados a lo profesional que los niños, quienes, si hubiesen tenido la oportunidad de escribir este artículo, no verían el momento de acabarlo.
Brindo, desde nuestro humilde portal de internet, por estas futuras promesas que, algún día, serán adultos, y echaran de menos el arrojo y la alegría con la que abordaban estas primeras funciones que representaban cuando alguien apostó por ellos, vio algo grande, y les otorgó la ocasión. A todos esos locos bajitos, os dedico este artículo. Sólo un consejo más: no desistáis de un sueño, porque los sueños, no sólo sueños son.
Ana Isabel Auñón