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MELIBEA




Revisión del texto de Fernando J. López


A partir del texto original de una de las obras magnas de la literatura española, “La Celestina”, propone Fernando J. López en “Melibea” una actualización del mito, aportando una visión más contemporánea del gran personaje que fue y es la propia Melibea.

Se trata de un monólogo en el que la Melibea conocida por todos, condenada a permanecer eternamente en el limbo por su osadía de recurrir al suicidio después de la muerte de su amado Calisto, se pone en la piel de todas las mujeres que la han sucedido a lo largo de la historia en nuestro mundo, y se sube con ellas a “ese autobús del tiempo” que es la vida, para compartir sus desgracias y congojas, y ejercer de testigo de la sociedad ante el auditorio. Además, vemos a través de los ojos de Melibea, los hechos de su propia historia, y ella los representa en escena: el amor que Calisto y ella sentían, las retorcidas ideas de Celestina, el desarrollo de la relación, los acontecimientos que tuvieron lugar… Y de esta forma, hace un repaso de los tópicos del amor cortés, que trata de dejar atrás para centrarse en un deseo de libertad sexual para la mujer, sin dejarse en el tintero los nombres de las grandes luchadoras de la literatura (como Julieta o Sherezade). Estos recuerdos son los que ayudan a establecer un vínculo entre aquellas mujeres que se revelaron contra los tópicos amorosos y abogaron por la libertad de la mujer, y las muchas Melibeas que aún hoy sufren las atrocidades de una sociedad que todavía no reconoce la totalidad de sus derechos.

De por sí, no es especialmente original tomar un personaje de una obra y desarrollar otro texto con las que creemos que serían sus ideas (en la televisión estamos más que acostumbrados a este tipo de ‘spin-offs’, y por internet pululan millones de ‘fanfictions’), pero sí es cierto que es menos corriente ser testigo de algo así en el mundo del teatro. Por otra parte, el tratamiento del texto original (atribuido, sin entrar en consideraciones más profundas, y sin ningún tipo de duda ni reparo en la versión de Fernando J. López, a Fernando de Rojas, a quien llama “su creador”) deja bastante que desear: por mencionar algún que otro aspecto, se presenta a Melibea casi como una niña, una muchacha en los primeros años de la adolescencia, cuando en realidad, es una joven a la que, en su época, ya se le estaba pasando el arroz; por otro lado, nos quieren hacer ver la sexualidad de Melibea como satisfactoria, cuando los encuentros entre ella y Calisto que se describen en “La Celestina” eran más que fugaces, y en boca de ella se podían leer reproches en ocasiones; y por último, el autor ha utilizado el recurso de que “todas somos Melibeas” para captar a la parte femenina del auditorio y para poder enlazar con la modernidad y la época en la que vivimos, si bien Melibea nunca podría identificarse con una madre o una hermana, y esta forma de retorcer el texto original chirría, y en cierto modo, empobrece al personaje. Además, se tocan temas como el terrorismo o la violencia de género, que, a pesar de ser tan importantes, no tenían cabida en un monólogo basado en este personaje.

A pesar de todo, podría decirse que recurrir a una actualización del mito (más que del texto) y acercarlo a la modernidad, quizás sea el punto más brillante y positivo de la representación de “Melibea”.

El monólogo quedaba acompañado por tres bailes flamencos realizados por la actriz al principio, en el medio y al final de la obra. Si bien estéticamente podría decirse que eran bellos, aún me pregunto el sentido de los mismos dentro del contexto de la obra en general y de lo que se decía en el monólogo en particular. De poner música en un espectáculo así, quizás hubiera sido recomendable olvidarse del flamenco, ya que, ni el personaje de Melibea tiene nada que ver con él, ni puede decirse que aportaran nada al texto.

La puesta en escena se apoyaba en cuatro sillas de madera colocadas en el escenario formando los vértices de un cuadrado, con una cuerda atada en el respaldo de cada una de ellas. También había un cesto de mimbre del que Melibea sacaba de vez en cuando elementos de atrezzo para ilustrar alguna parte del monólogo. El concepto minimalista que en principio parecía presentar la obra quedaba ciertamente difuminado por el excesivo uso que se hacía de los elementos distribuidos por el escenario, que llegaba a resultar cargante en algunos pasajes, si bien es verdad que algunos detalles podrían aplaudirse, como la cárcel de amor que Melibea se crea uniendo las cuerdas de las cuatro sillas.

En cuanto al trabajo realizado por la actriz, Silvia López-Ortega, se lleva un notable. A pesar de que su forma de declamar era ligeramente impostada y le restaba mucha naturalidad al monólogo, hay que decir que salió de un par de apuros de forma muy profesional, y llevó adelante ella sola un monólogo de una hora sin desfallecer y cambiando de personalidad prácticamente cada diez minutos.

“Melibea” es una obra más de las muchas que, a lo largo de la historia, han seguido la estela de “La Celestina”, reinventando los personajes, los temas y los mitos. Al final, resulta no ser más que una obra creada por y para iniciados en los conocimientos de la literatura más clásica que se guiñan los ojos entre ellos de vez en cuando, y otras veces, simplemente los cierran para evitar saturarse de citas, historias y tantas situaciones forzadas.



LO MEJOR
- La actualización del mito de Melibea


LO PEOR
- Las alusiones a temas políticos
- El sentido de los bailes dentro de la obra
- Resulta ser una representación sólo para iniciados en el mundo de la literatura


CALIFICACIÓN FINAL: 1/5 Absolutamente prescindible


Esmeralda López Muñoz

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