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“UN DIOS SALVAJE”, CÓMICO Y CRUEL




Maribel Verdú y Aitana Sánchez Gijón en el madrileño teatro Alcázar


“Un dios salvaje” de Yasmina Reza podría definirse como un enigma que acaba por desvelar la irracionalidad del ser humano, al poner de manifiesto como ocultamos ese monstruo que todos llevamos dentro tras máscaras que representan aquella imagen idílica que pretendemos mostrar al mundo. Pero, si el muro de contención se quiebra ese torbellino de demonios ocultos arrasará con nuestros campos y el resultado será: el caos.
El martes 30 de septiembre, asistimos en el teatro Alcazar a la presentación de la obra: “Un dios salvaje”. Ésta permanecerá en Madrid hasta el próximo mes de enero; permitiéndonos disfrutar en los escenarios de un elenco de lujo: Maribel Verdú, Aitana Sánchez, Peré Ponce y Antonio Molero.
Cuando a Maribel Verdú y Aitana Sánchez Gijón les propusieron ser las protagonistas de esta obra: no lo dudaron. Según palabras de Aitana, “no se podía decir que no”, porque se trataba de personajes que daban mucho juego. A la hora de elegir papeles lo tuvieron muy claro. Maribel sabía que quería ponerse en la piel de Annette, ante los medios aclaró que su papel se caracteriza por ser una esposa “aparentemente, sumisa, educada, tímida (…). Hay un momento en que ella no puede más y vomita todo lo que está dentro de su cuerpo”, según la define la propia actriz es: “el Libro gordo de Petete” de la obra. Por su parte Aitana, deseaba ser Veronique “una mujer que se cree superior y se sabe superior”.
Para la directora, Tamzin Townsed , detrás de un argumento que podríamos considerar trivial se esconde: “una obra inteligente, muy sutil, llena de matices”. A través de las dos parejas protagonistas, se presentan toda una serie de situaciones que conformarían un prisma, que refleja la verdadera idiosincrasia de los personajes produciendo toda una serie de reacciones en cadena, que serían las encargadas de destapar los verdaderos sentimientos de estas personas.
Según nos explicó, Tamzin Townsed, al igual que en “Arte”, la obra más conocida de Yasmina Reza, “de una cosa pequeña”: dos parejas que se reúnen para solucionar civilizadamente una pelea entre sus hijos, tiene consecuencia “una cosa muy grande” que hace que el espectador se planteé “absolutamente todo”. El actor Antonio Molero nos dijo que para él “si la obra fuera de Jardiel Poncela se llamaría: Como el rosario de la aurora” y no le falta razón, porque todos acaban por perder la compostura saliendo a flote la barcaza que contiene sus insatisfacciones.
Inicialmente, podríamos decir que forman parte de una misma tribu cuyos objetivos son: el bien de la comunidad: Pero, conforme avanza la conversación, se despojan de su manto de hipocresía, van delimitando territorios y comienzan a defender lo suyo. La irracionalidad, representada en el escenario por paredes surrealistas, sesgan la tranquilidad de ese sofá en el que tiene lugar los acontecimientos, los protagonistas inician una batalla campal: todos contra todos, como dice Maribel Verdú: “ninguno nos libramos de la insatisfacción (…) Cuando se sueltan las vaquillas…”.
Para Peré Ponce la acción es comparable con un partido de tenis de dobles, mediante “un lenguaje muy fino, muy afiliado (…) no permite ningún error”, es un juego que deja lucirse a los participantes, pero éstos deben evitar dar cualquier paso en falso. La complicidad demostrada por los actores en la rueda de prensa garantiza el engranaje de las piezas de esta función, su profesionalidad les permitirá recibir los pelotazos que conducirán a la infantilización de los personajes, a través de la sublimación y pérdida de esas caretas de falsedad.
Aunque se trata de una versión, realizada por Jordi Galcerán, la directora aclaró que ante todo éste “ha sido muy respetuoso con el original (…).No hay nada añadido, nada raro”, pero según matizó Maribel Verdú “hay algunos juegos de palabras o algún momento cómico (…) que el público francés reconoce, porque forma parte de su cultura y de su realidad, que si que se ha trasladado”, pero como el público podrá comprobar la esencia de la obra se mantiene.
Se trata de una comedia, teñida de un humor negro, que lleva implícita una metáfora muy dolorosa: la capacidad de entendimiento del ser humano es muy limitada y detrás de la superioridad que nos atribuimos como seres racionales que somos, en determinadas situaciones, ocultamos a una bestia incontrolable que nos permite superar el umbral de la irracionalidad animal. Como dice la directora se trata de una “comedia que duele un poco, porque no das crédito de lo que están diciendo los personajes”.

Lorena Peña Márquez

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