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ENCUENTRO CON EL MONÓLOGO




Artículo sobre la disciplina de monologar


Los monólogos no son el trabajo teatral más representado en escena en el momento actual, pero nunca hay que olvidar lo valiosos que son cuando tenemos la posibilidad de disfrutarlos, y el trabajo que supone montar un monólogo para todo el equipo que se embarque en el proyecto.

Cuando un actor se enfrenta al reto de un monólogo, tiene que tener dos objetivos claros mientras se desarrolla el trabajo: En primer lugar, ser coherente en los ritmos, valerse de toda su energía para que la proyección del personaje sea firme y constante. En segundo lugar, trabajar la presencia en escena. Para un monólogo “tradicional” o “de autor” (a diferencia de los monólogos cómicos tan en boga de la “Paramount Comedy”), la presencia en escena es fundamental. Aunque haya varios elementos al servicio del texto y del actor, el vinculo omnipresente que crea la comunicación entre esos componentes y el espacio-ambiente es el propio actor, convertido en el puente que vincula la respuesta del público y la aceptación del conjunto que se genera, ese complejo teatral que a su vez lo arropa.

Para un actor, poner en píe un monólogo es un trabajo duro. La entrega al proyecto es básica para que goce de la plenitud necesaria a la hora de presentarlo ante el público, un patio de butacas que, además, no suele estar acostumbrado a trabajos de este tipo.Vivimos en la cultura de la velocidad donde el individuo está sometido constantemente a la hiperestimulación. Los trabajos que buscan una aceptación másiva habitualmente juegan con este componente para alcanzar un éxito de taquilla. Sin embargo, en un texto donde se desnuda la personalidad de un individuo y cuyo vehículo es el soliloquio, el ritmo puede sufrir diferenes cambios, desde un desarrollo trepidante (aliado de esa hiperestimulación), a una quietud silenciosa, incluso asfixiantemente lenta.
Como se apuntaba anteriormente, el trabajo que supone un monólogo es arduo, y en cierto modo, desgasta continuamente la energía del actor, que, sin embargo, se retroalimenta de manera muy curiosa a medida que el trabajo va tomando vida.

Por supuesto, ante todos estos retos, los miedos del actor afloran incesantemente, sin olvidar que todo trabajo individual conlleva una balanza de pros y contras que muchas veces cuesta equilibrar.

Hay que añadir que un monólogo requiere un trabajo de memorización, sin réplica alguna, donde salvar un momento de lapsus depende únicamente de la destreza del actor y del trabajo dedicado al estudio y análisis del texto. El actor tiene que tener muy claro qué está contando, quíen lo está contando y cómo lo está contando, para que la trasmisión del texto sea limpia, con el fin de que el personaje no se pierda innecesariamente por registros prescindibles o se convierta en algo ajeno al texto representado.

Estos son pequeñas pinceladas que nos aproximan tímidamente al trabajo del actor que se enfrenta a un monólogo “tradicional”. Se podría hablar de muchos más puntos, o de algunas diferencias con monólogos que sí son más comunes en la cartelera, como es la fórmula americana “stand-up comedy” cuyos componentes se alejan bastante de los textos que apuntábamos anteriormente. Cuando se habla de estos monólogos muchos alegan que no son teatro, quizá sería más oportuno decir que no podrían considerarse teatro “de autor”, donde el texto tiene una entidad propia y el actor aplica un método de trabajo muy distinto. Pero tal vez estas cuestiones formen parte de otra reflexión donde se planteen las profundas diferencias entre dichos tipos de monólogos.

Es una pena que no proliferen estos montajes en la cartelera habitual, puesto que son un reto actoral recomendable para cualquier profesional del campo dispuesto a probar sus limitaciones y una manera muy sana de desengrasar todas las armas necesarias para ofrecer un trabajo individual.


Silvia López-Ortega

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