Enviar
Red Teatral
locos por los musicales

Categorias


Noticias

Criticas

LORCA (NUESTRA CRITICA)




Sin sombra ni emboscada…


Rebalsa la sala de Pan & Arte. No es casual. Convoca Lorca, hijo dilecto de la Argentina, doblemente querido por su arte y por su destino, que poco antes de ser fatal lo trajo a Buenos Aires, el tiempo suficiente para hacerlo parte del fuego esplendoroso que por esos años ardía en la que era una ciudad pujante, libre, transgresora. El que invita es Joel Minguet, actor catalán que vino desde Barcelona, para ponerle cuerpo y alma a su Lorca, el espectáculo que él mismo creó y musicalizó y trajo a la Argentina con la producción y asesoramiento artístico de Guillermo Ghio. Una combinación ideal. Federico García Lorca ya está en la memoria colectiva de los argentinos más allá de su poesía. Tuvo éxito, trabajó y vivió entre octubre del ‘33 y marzo del ‘34. Invitado por Lola Membrives, que acababa de estrenar Bodas de Sangre, se instaló en el Hotel Castelar, asistió a la peña literaria del Café Tortoni y a la Peña Signo -la primera en incluir mujeres-, dio conferencias, estrenó y dirigió La zapatera prodigiosa, Mariana Pineda, La niña boba (una adaptación de La dama boba de Lope). Hasta tuvo su homenaje y despedida antes de partir. El Lorca “argentino” es tempranamente maduro a la luz de lo que le esperaba. El Lorca que trae Minguet es el que quería sacudirse la “leve ceniza” del tedio y soltar su duende “que sube por dentro desde las plantas de los pies”, como dijera el granadino en su presentación “Juego y teoría del duende”. Ese que todos sienten y nadie explica. Ese que no es ángel protector ni musa inspiradora sino fuego que lucha por arder.

Ese Lorca es el que eligió Minguet, o el “hablautor”, tal como se presenta. Prefirió recorrer los primeros años literarios del poeta nacido en Fuente Vaqueros, Granada, al cierre del siglo XIX y asesinado, dolorosamente también en Granada, en 1936. Buscó darle voz a sus años en la Residencia de Estudiantes de Madrid, “la Resi”, a su amistad con Luis Buñuel y Salvador Dalí, a sus estancias en Cadaqués, a su fibra inquieta y hasta contradictoria, a su conexión con lo natural, con la vida y con la muerte. Para darle la “carne” que merece “Lorquito” como lo llamaba Dalí, Minguet siguió sus pasos en esa etapa y, en una muestra de fascinación y entrega, emprendió un viaje iniciático a la costa hasta Cadaqués. Allí encontró la mecha, el hilo conductor, de esta obra intimista sobre la juventud de Lorca. En ella usa sus poesías y escritos, su correspondencia con Dalí, sus sonidos, sus fetiches, sus signos: la guitarra, la luna, el mar, los pájaros, el viento. Con velas que él mismo enciende y apaga, algunas guitarras y su propia voz, que hasta logra replicar vientos y tempestades, va desgranando una suerte de conversación del poeta con su público. A veces, es un narrador informado; otras, un testigo privilegiado que trae los lugares, los escenarios, las palabras; en la mayor parte del unipersonal, un médium que desaparece en el espíritu que convoca: el genio alado, el hechicero, el poderoso encantador, el noble Federico de la tristeza. Pronuncie o no su nombre.

Como cuando Lorca jugó con Pablo Neruda, recién designado cónsul de Chile en Buenos Aires, y “torearon al alimón” su discurso compartido sobre Rubén Darío, una frase cada uno de principio a fin, Minguet comparte capote con el fantasma de Federico y se anima a enfrentar a ese toro bravío, contradictorio, nacido para la libertad, para la carne viva, que era el poeta joven. Si mis manos pudieran deshojar, Hora de estrellas, Chopo muerto, Encrucijada, Madrigal, La balada del agua de mar desfilan cantadas entre otras poesías, junto a su voz hecha cartas a Salvador o a la familia. Juega con suavidad con la luz de las velas para conjurar los claroscuros de aquel entusiasta de la vida y al mismo tiempo dueño de sus sombras capaz de escribir a los 23 años “qué dolor no tener la camisa del hombre feliz” o “lloro, señor, el agua de los mares”. Alterna guitarras, canta y cuenta, sufre las palabras y recrea los sonidos sin pausa, en un esfuerzo dedicado, a pesar del calor que se empeña en ganarle al aire acondicionado. Minguet sigue trabajando en su historia, sin inmutarse. El público lo acompaña y cuando desde una de las cartas a Dalí, Federico dice “hace calor”, la frase resuena pero sin eco en el silencio concentrado de los asistentes porque otra vez gana la voz del poeta. Es que, como se cuenta que dijera Jorge Guillén, “cuando está Federico, no hace frío ni calor, hace Federico”. Eso demuestra que Lorca estuvo allí. En esa puesta hiperminimalista, a la que Joel Minguet le entregó la potencia que necesitaba. Hasta en el monólogo con el golpe del final, el impacto de la silla que sorprende, que corta la cadencia, que calla la voz.

Federico García Lorca murió en la madrugada del 18 de agosto de 1936. Lo habían detenido dos días antes en la casa de un amigo. Fue fusilado en el barranco de Viznar, a pocos kilómetros de Granada. Tenía 38 años, Era poeta. Nunca había empuñado un arma. Nunca hubo un juicio ni una causa. Nunca nadie investigó su muerte. Había vuelto a su lugar y sólo buscaba la paz familiar. Queria poco. Como alguna vez escribiera, “tu corazón caliente y nada más”.

PS: Un detalle cálido del cierre, la invitación a compartir impresiones con una copa de vino de por medio.

G.G.B.

LORCA
Actor (y hablautor): Joel Minguet
Dramatización y Musicalización: Joel MInguet
Diseño de proyecto: Jordi Musquera
Producción Ejecutiva: Guillermo Ghio
Teatro Pan y Arte

google+

-->
Vuelos, Hoteles, Vacaciones - www.rumbo.es Buscar vuelo
Origen
Fecha de salida Adultos
Destino
Fecha de regreso Niños
BUSCADOR DE VUELOS