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LUCES Y SOMBRAS DIVINAS




Crítica a la nueva versión de Jesucristo Superstar


Ya está rota la maldición española hacia este musical que, tras la marcha de Pablo Abraira, dio la espalda durante 23 larguísimos años al libreto de una de las mejores propuestas musicales de la historia. Ahora, Jesucristo Superstar se puede disfrutar en todo su esplendor, de nuevo, esta vez en la Gran Vía madrileña. Pero, ¿es cierto que esta nueva versión, dirigida por Stephen Rayne, sigue manteniendo el mismo brillo de genialidad que convirtió, por obra y gracia del señor Azpilicueta, el Madrid de los 70 en un nuevo Broadway? Respuesta clara: luces y sombras... (De todo hay en la viña del señor)

Y es que esta nueva producción goza de momentos realmente brillantes, alternados con otros (que, por desgracia, son bastantes), demasiado oscuros. Ya desde su inicio, comprobamos que la propuesta pretende dar una nueva vuelta de tuerca al musical por antonomasia (sería imposible hacer recuento de las diferentes visiones que se han realizado del texto, la mayoría de ellas en el campo amateur). Una estética juvenil, a la par que bastante austera dan el primer golpe de la noche: hormigón gris, luces discretas, proyecciones simples (y con “tembleque”, supongo, ante los nervios del estreno), decorados brillantes en su propuesta simple, pero demasiado convencionales... “No hay nada rompedor en este Jesucristo”, pienso, incapaz de explicarme el por qué de tanto espacio vacío para tan grande escenario.

Comienza la representación, se apagan las luces. Se aprecia la melodía de una obertura que ya es historia musical, y digo se aprecia porque apenas se escucha. Da lástima comprobar que el sonido grandioso de Webber llegue al público con la misma intensidad con la que llega hasta mi casa la música de mi vecino de al lado. Mal empezamos... Sin embargo, la puesta en escena de esta obertura se antoja interesante, un cuadro plástico de gran belleza en el que el protagonista permanece inmóvil, como un imán que atrae todo lo que encuentra a su paso, sin hacer, apenas esfuerzo. El público ya sabe a lo que se atiene, aquí no engañan a nadie: desde el primer minuto encontramos un Jesucristo diferente. (Dice Rayne, su director, que ha trasladado la acción al Oriente medio actual, pero, al menos, visto lo visto, a mi no me quedó nada claro).

A partir de ahí, se van sucediendo las escenas, casi sin cambios de luces, con una estética gris como el gris hormigón que sustenta dos balconadas a cada extremo del escenario. Se suceden, también, las coreografías, demasiado excesivas para alguna escena que, vamos a ser francos, no la necesita. Vemos al grueso del apostolado bailando al compás de unas canciones que transcurren sin fuerza alguna, quizá por reservar la emoción, en exclusiva, para el segundo acto, mucho más emotivo e impactante, o tal vez (me inclino más por esta razón), porque el personaje de Judas, que tanto protagonismo tiene en este inicio de función, pasa totalmente desapercibido, sin orgullo herido ni rabia emocional, sin ubicación definida, invisible a los ojos de un espectador que debería sentirse atraído hacia su particular punto de vista.

Las escenas pasan, algunas con gran hastío, como el “todo está bien” o “el sueño de Pilatos”, condenadas a una producción escasa y a una dirección incapaz de sacar más provecho de una partitura magna y de un reparto más que correcto. Otras escenas, en cambio, muestran esa brillantez y energía que debería desprenderse de todo el musical, tal es el caso de “Simón Zelotes”, “Pobre Jerusalén” o “Condenado”, que aprovechan los recursos técnicos y artísticos con gran acierto, siendo, además, y a modo de curiosidad, de las escenas más simples y, a la vez, de las más aplaudidas. El resto pasa sin pena ni gloria, dejando indiferente a un espectador que, por momentos, comienza a recordar a Camilo Sesto, Ángela Carrasco e, incluso (¿por qué no?) a Teddy Bautista, haciendo real el dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

En el intermedio, el público mostraba gestos de sorpresa, incredulidad, e, incluso, de aburrimiento. Se rumoreaba por los mentideros del Lope de Vega que la decepción estaba siendo general, que el precio de la entrada no se correspondía con la calidad del espectáculo mostrado, y que “como la de Camilo, ninguna...”. Aún así, muchos de los que abríamos demasiado la boca (tal vez, debido a los continuos bostezos), pronto tendríamos que terminar por cerrarla ante lo que estábamos a punto de ver (y disfrutar) en el segundo acto, a años luz de lo visto en el primero.

Efectivamente, comenzando por el volumen de la música (bastante más alto que en la primera mitad, pero, aún así, demasiado bajo para un recinto tan grande como el Lope de Vega), el segundo acto resultó una sorpresa, pese a seguir conteniendo momentos de dudosa calidad, que dejaban entrever una producción más bien escasa para las pretensiones de Stage. Son mayoría, aquí, las escenas que deslumbran por su propuesta y su plasticidad, son mayoría, también, los aplausos arrancados al público por el trabajo de determinados actores y, en definitiva, son mayoría las emociones que, por primera vez en la noche, recorrieron el patio de butacas del teatro.

De la traición de Judas a la crucifixión final, el nivel mostrado en el Lope de Vega rozaba, en algunas ocasiones (“Getsemani”, “Canción del rey Herodes”, “Muerte de Judas”, “Crucifixión”) el sobresaliente ejemplar, desplegando nuevas escenografías (algunas, como la pasarela que recorre el escenario de lado a lado, tal vez deberían de ubicarse más al fondo), nuevos vestuarios, nuevos efectos y nuevos coloridos a una representación que, en exceso, abusa del blanco, sobretodo ante un escenario demasiado vacío y demasiado grande para la producción presentada.

Lo mejor aún estaba por llegar: el final daliniano a la sazón, inesperado y emotivo, bajo la sombra de la más hermosa melodía de la partitura: la instrumental “Juan 19, 41”, creando un clímax de silencio glacial y comunión (nunca mejor dicho) con un Jesucristo humano que se marchaba de la vista, tan solo roto, como en el resto de la representación, por la poca acertada iluminación. Y después... los aplausos, el convencimiento de que, lo visto durante el primer acto, era el mismo sueño que Magdalena y Pedro cantan desde los balcones de los extremos del escenario. Muchas bocas cerradas (ya sin bostezos) y tan solo unos pocos aplaudiendo en pie.

En general, la representación peca de minimalista, sobretodo al tener en cuenta la grandilocuencia con la que Stage presenta a su nueva gallina de huevos de oro, más con razón al comprobar que la producción presentada no abarca, en ninguna escena, el total de un escenario enorme, que se siente aún más vacío y falto de decorado. En cuanto a su nueva propuesta, algunos se echarán las manos a la cabeza al considerar este Jesucristo demasiado moderno y arriesgado, ignorando que, en realidad, no hay nada nuevo en él, y mucho menos nada transgresor; la carencia de rebeldía es absoluta, la sucesión de escenas que pasan desapercibidas es demasiado alarmante para un musical que, desde el inicio de su campaña, se ha presentado como algo nuevo y rompedor, una nueva vuelta de tuerca a un texto que, en esta ocasión, no ha apretado más el tornillo de lo que ya estaba. Aún así, y en contra de los que algunos dicen, Alicia Serrat ha realizado la mayor innovación de todas las que podemos encontrar en este Jesucristo, adaptando la letra original de Tim Rice a una nueva versión, bastante más acertada y ajustada al original que la ya clásica, archiconocida y desfasada (no en vano tiene 32 años), de Nacho Artime.

La función deja un sabor agridulce, es desigual, con momentos de gran genialidad y otros realmente aburridos; da la impresión de ser una obra a medias, de estar inacabada, preparada ante el ojo amenazador de un gran hermano que atenaza con fechas de previas y estrenos. Mención aparte merece la iluminación, en su intento de contrastar el continuo blanco con el negro más absoluto, huyendo de todo colorido, en pos de una propuesta original y rica en imágenes, consigue resultar un estorbo en algunos momentos, siempre mal acompañada por un escenario de dimensiones demasiado exageradas, para lo visto, que ensalza aún más la sensación de vacío escénico.

La orquesta, pese a su mala ecualización por parte de los técnicos de sonido, suena bastante bien, imprimiendo la fuerza y desenfadado necesario a una partitura que, tras casi cuarenta años de existencia, aún se mantiene joven. Tal vez su visión en alguna que otra escena hubiera sido de agradecer, pues solo se muestra al público en una de ellas. Aun así, las paredes del Lope de Vega no han escuchado mejores melodías (con permiso del Fantasma), en toda su historia.

En cuanto a los actores, volvemos a encontrar luces y sombras. Sin duda, la luz más brillante de todas es Miquel Fernández, que nos brinda un Jesucristo muy humano, creíble y emotivo, capaz de interpretar un Getsemaní (entre otras muchas escenas memorables) realmente impresionante y que supera, al menos en fuerza e intención, al ya clásico de Camilo Sesto. Enrique Sequero, como Pilatos, también despunta en la producción, como ya viene siendo habitual en él, ofreciéndonos un papel difícil solventado con maestría, experiencia y tablas, pero, eso sí, que se queda bastante contenido (para lo que pudiera haber sido), por culpa de una mala dirección. Abel García, como Caifás, supera toda expectativa, tanto a nivel vocal como actoral, y es un claro ejemplo de presencia y buen hacer sobre el escenario. Roger Pera, pese a su breve presencia, inunda el escenario, regalándonos un Herodes muy especial, digno de recordar. Lorena Calero interpreta a una Magdalena que, sin llegar a transmitir las emociones que uno cabría esperar de este papel, está correcta en todo momento. Tan solo Ignasi Vidal requiera un esfuerzo considerable, no a nivel vocal, pues despunta por encima de todos sus compañeros, logrando a la perfección las dificilísimas notas del papel de Judas, sino a nivel interpretativo, quizá (y de nuevo), por culpa de una mala dirección; lo cierto es que Judas no tiene el peso específico que la obra necesita, y, en la mayor parte de las escenas, parece perdido, intentando encontrar, sin éxito, su lugar en el escenario.

El resto del elenco supera el aprobado, mención aparte para algunos componentes del ensemble como Marta Capel, Elena Medina o David Velardo, que suponen un arranque de fuerza en una compañía joven y (esto sí que se percibe de todos y cada uno de sus componentes), ilusionada.

Luces y sombras divinas en el Lope de Vega. Jesucristo Superstar ya está en Madrid, y, de momento, con miles de entradas vendidas. En cuanto las sombras alcancen la luz divina (y no dudo de que, con tiempo y trabajo, lo harán), a buen seguro saldremos del teatro cegados por “la mayor ópera rock de la historia”. Hasta entonces, mejor llevar linterna, mechero, o una vela... por si acaso.

LO MEJOR
-Miquel Fernández.
-La propia partitura.
-El ensemble.
-Algunas escenas.
-La nueva traducción.

LO PEOR
-El volumen de la orquesta.
-La iluminación.
-Algunas escenas.
-La dirección.

CALIFICACIÓN FINAL: 3/5 RECOMENDABLE

NOTA POSTERIOR:

La visión del mismo espectáculo, esta vez con Gerónimo Rauch al frente del papel de Jesucristo, acrecienta la emoción en cada una de sus apariciones, sumando, al montaje, una presencia escénica y, sobretodo, una voz que en muy pocos lugares se puede disfrutar de la misma forma. Sublime su interpretación de Gethsemaní. Sin duda, su aportación al total de la obra, hace imprescindible su disfrute.

NUEVA CALIFICACIÓN FINAL: 3,5/5: MUY RECOMENDABLE


Esteban García Valdivia

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