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MUJERES DRAMATURGAS




Feliciana Enríquez de Guzmán o La pionera de las dramaturgas


El siglo XVII es conocido como el Siglo de Oro debido al avance en positivo que se produce en todas las vertientes de la literatura española. Géneros y costumbres cambian y modelan un nuevo ámbito. En lo relativo al teatro, la aparición de la mujer como dramaturga supone un giro de 180º, ya que su papel se había limitado hasta el momento a la actuación, no a la escritura. A partir de ese momento se revela como una figura con nombre propio y reconocimiento.

Ese cambio revolucionario se produjo, aún con dificultad, en dos grandes vertientes. La primera, y más conocida, fue por medio de los conventos, puesto que la mayoría de las niñas eran instruidas en colegios de monjas, por lo que estas debían tener algunos conocimientos para después enseñarlos. Así, muchas mujeres decidían hacerse monjas para huir de la presión social, que les negaba su espacio tanto personal como literario. La otra vertiente era la de aquellas que, fuera del convento, luchaban por hacerse un sitio en la escena literaria. Me gustaría destacar en este punto a María de Zayas y Sotomayor, Ana Caro, Leonor de la Cueva, Ángela Azevedo, y en especial a la dramaturga sevillana Feliciana Enríquez de Guzmán, una gran desconocida para nuestro tiempo, no así en el suyo, puesto que Lope de Vega le dedicó una silva en El laurel de Apolo, refiriéndose a una leyenda que circulaba por la ciudad en la que se le atribuía el haberse vestido de hombre e introducirse, persiguiendo a su amado (parece que se trataba de su segundo marido, Francisco de León Garavito), en las clases de la Universidad de Salamanca.

Asimismo, Enríquez de Guzmán fue conocida por haber escrito la Tragicomedia de los Jardines y Campos Sabeos. Se trata de una obra que redactó en dos partes (Coimbra, 1624; Lisboa, 1627). En la primera se cuentan las aventuras y amores de Belidiana, princesa de Arabia e hija del rey Belerante de Sabá, y Clarisel, príncipe de Esparta y Micenas; en la segunda se narra cómo Clarisel se casa con la princesa de España, Maya. Realmente, se trata de una obra que continúa con el modelo de las novelas de caballerías.

Feliciana es lo que Juan Antonio Hormigón denomina “epígono”, puesto que se encuentra en una etapa de transición hacia nuevos modelos neoclásicos, en esa fase de cambios en la que se produce un avance en las técnicas literarias. No obstante, por ser mujer y no tener la misma fuerza social que los hombres, no puede abogar por estas, sino que se aferra a las normas clásicas, los modelos consolidados de la literatura masculina, para demostrar su valía, cuestión que no ocurre con María de Zayas o Ana Caro (pertenecientes a la segunda mitad del siglo XVII, cuando los nuevos valores literarios estaban asentados), y hace una ridiculización de las nuevas técnicas en los entreactos de su Tragicomedia.

Estos entreactos, llamados “Las Gracias Mohosas”, tienen como argumento la petición de la mano de la joven Aglaya por parte de seis pretendientes. Sin embargo, esta tiene otras dos hermanas en edad casadera, por lo que su padre, Baco Poltrón, decide que se batan en duelo los seis por sus hijas. Lo curioso de estas obrillas es, en primer lugar, el gusto por lo feo, puesto que las tres hermanas y los seis hombres son realmente adefesios con defectos de todo tipo; y en segundo, que los seis pretendientes se casan con las tres mujeres, sin responder a las normas sociales. Así pues, estos entreactos en prosa (poco habitual en el teatro Barroco) intentan ser una burla de las nuevas técnicas teatrales que surgen en esa época, pero lo que en realidad nos revelan es esa lucha que se produce por el cambio en esa sociedad. Aglutinan, junto con las antiguas, todas las técnicas literarias que surgieron en aquel momento. Son una explosión de imaginación y de figuras esperpénticas, una ridiculización de las nuevas técnicas que estaban llevando a cabo sus compañeros varones, y que finalmente triunfaron. Es, por tanto, una forma de autoafirmación de sí misma, puesto que hacerse un hueco en un mundo de hombres, y en esos tiempos, no era fácil, y no podía hacerse por medio de la ruptura de los parámetros establecidos, sino siguiendo las pautas marcadas para demostrar que ellas podían ser tan buenas o más que ellos.

Feliciana Enríquez de Guzmán, como casi todas las escritoras de ese siglo, fue autodidacta y conoció las letras profanas, en especial la mitología, el lenguaje jurídico (su esposo era abogado), los poetas cómicos... y las parodia haciendo uso de ellas en estos entreactos con el fin de hacer una defensa de la preceptiva dramática clásica (lugar, tiempo y acción) que sus compañeros dramaturgos estaban rompiendo. Por ello, lo que más sorprende en “Las Gracias Mohosas” es la aparición de mujeres fuertes, que deciden y doblegan a los hombres de su alrededor por medio de sus encantos “feos”. Hay una estética de lo feo que se apoya en la exageración, tanto de la palabra como de los defectos físicos. El juego está presente en toda la obra: juegos de palabras, en su mayoría absurdos; elementos esperpénticos; fanfarronería que desborda los límites de la imaginación, etc.

Ya he comentado la valía de los textos de Feliciana. Ahora bien, hay que encuadrarlo todo en su contexto. En primer lugar, domina materias que en su tiempo estaban vetadas a la mujer; en segundo lugar, demuestra que puede ser tan buena como sus compañeros dramaturgos, y en tercer lugar, el más importante, abre el camino para que otras dramaturgas tuviesen su espacio y fuesen reconocidas y consagradas como autoras teatrales en un mundo predominantemente de hombres. Por lo tanto, se trata de una obra novedosa en tanto en cuanto nos muestra las nuevas tendencias que consolidaron en el Siglo de Oro y reivindica la figura de la mujer dramaturga.


Henar Pérez Martín

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