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PERSIGUIENDO UN IDEAL




La rebeldía en los musicales


“Es intentando lo imposible como se consigue lo posible”
Henri Barbusse

Desde que vi mi primer musical, he descubierto que hay pocas cosas en ellos que hagan que me identifique más con sus personajes que su espíritu de lucha contra lo malo establecido, pues está en lo más primitivo de la naturaleza humana, más allá de todo raciocinio o explicación, la voluntad de rebelarse, de combatir aquello que la asfixia, de aullarle al viento que no está de acuerdo. Además, representa esa búsqueda vital y universal de un ideal, de un anhelo que perseguimos conseguir, ese algo, sea lo que sea, que todos y cada uno de nosotros, al margen de creencias, culturas y colores, queremos cambiar.
¿Es ésta una cuestión meramente cerebral, o hay algo oculto bajo esa superficie de intelectualismo? Puede que exista un deleite al notar la adrenalina extendiéndose como lava por el cuerpo, un gusto por vernos sacudidos por escalofríos que nos demuestren que nuestro organismo reacciona, o cierto placer al sentir el corazón latiendo de emoción y llevando sus vibraciones hasta cada diminuto capilar... porque es la sensación más parecida a estar enamorado sin estarlo.

La capacidad de rebelarnos contra lo que no nos convence nos indica que seguimos vivos. Y cuando nosotros no tenemos la oportunidad o el arrojo de hacerlo, nos conmueve y estimula ver los sacrificios de quienes, al ritmo de la música de Lloyd Webber, Queen o Boublil y Schönberg, sí se atreven una y otra vez a desafiar lo que temen sin pararse a pensar en las consecuencias.
Partiendo del hecho de que la música es quizás la expresión más pura del alma, que incluso antes de que existieran las palabras, para el ser humano ya existía la música y que, por ello, no entiende de lenguas diferentes sino que se erige en idioma universal de la humanidad con sus acordes y melodías, ¿qué más da si quien se rebela es una bruja con la piel verdosa que pretende que sus compatriotas sepan la verdad sobre un mago que no es mago, si es un grupo de jóvenes estudiantes revolucionarios que le cantan al color de la pasión desde lo alto de una barricada recibiendo las balas enemigas sin vacilar ni un segundo porque creen firmemente en un mundo mejor, si es una bella joven que se empeña en seguir leyendo y en encontrar el Amor de su vida por sí misma aunque para ello tenga que enfrentarse a toda su aldea, o si es un conjunto de bohemios mal vestidos que intentan derrocar a una tirana global para que la música vuelva al lugar privilegiado que siempre le ha correspondido y que es el corazón humano? No hay duda de que cualquier conflicto, cualquier lucha con una causa noble despertaría en quien la presencia – leyéndola, dejándose envolver por ella a través de un narrador, presenciándola como testigo directo – una emoción muy difícil de contener... Pero nunca las emociones transmitidas por ninguna de estas modalidades será siquiera comparable mínimamente a lo que podemos sentir cuando todas se unen, y además, aparece la música. Cada uno de sus golpes de percusión, cada una de las teclas o cuerdas pulsadas, cada vibratto de la voz de quien canta, sacude sin remedio toda nuestra sangre haciendo que parezca que quedamos anestesiados, que cada gota se evapora y nos abandona, para que, una vez pasado el efecto, las sintamos vivas y con más fuerza, y necesitemos fundirnos con todos los acordes a la vez.
Se me viene a la cabeza casi por casualidad que esta conjunción del sentir humano y la música queda magistralmente ilustrada por la traducción castellana que se hizo en su día de la frase de una canción que, desde su composición a principios de los 80 en esa aguda lengua francesa que nos remite al sonido de los tambores más revolucionarios de Los Miserables, ha sido, es y será siempre el estandarte de la rebeldía: “Si al latir tu corazón oyes el eco del tambor, es la esperanza de los hombres y la razón”. El musical como mecanismo vital del cuerpo, el corazón como instrumento indispensable para el musical.

Desde que el hombre es hombre ha luchado por lo que sueña, por lo que anhela por encima de todo, protestado por lo que no está bien y levantado sus brazos al infinito para hacerse más grande y llegar mucho más arriba. Quizás me equivoque, pero quiero arriesgarme a afirmar que los musicales son el espectáculo más completo con el que podemos soñar. Sin embargo, y a pesar de lo que pueda parecer, generalmente por desconocimiento, no es un mundo demasiado apreciado y valorado. Nosotros que lo conocemos, que lo hemos sentido, que lo hemos vivido, gritemos a los cuatro vientos que nos gustan los musicales; luchemos, protestemos y levantemos nuestros brazos al infinito hasta que todos juntos movamos el aire y hagamos música con nuestras vidas.

Esmeralda López Muñoz

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