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Crítica a Mar y cielo


El primer montaje musical con el que Dagoll Dagom se dio a conocer en España fue “Antaviana”, en 1978, justo cuatro años después de la fundación del grupo. Con la creación de este musical y de otros posteriores en años sucesivos, la compañía catalana se fue consolidando a pasos agigantados dentro del mundillo, erigiéndose en referencia de obras musicales en España. Y en 1988, cuando el simple hecho de pensar en la creación de un musical netamente español todavía era un sueño de dimensiones monstruosas para muchos otros, Dagoll Dagom presentó su “Mar y cielo” (“Mar i cel”) ante el público, curiosamente, diez años después de su primer éxito musical.

Para celebrar sus treinta años de andadura en el panorama teatral, el grupo catalán decidió reponer en 2004 “Mar y cielo”, para que todos sus seguidores recordaran buenos momentos y para que aquéllos que no habían tenido la oportunidad de verlo en su producción original, disfrutaran con sus canciones y el montaje.

La historia que cuenta “Mar y cielo”, si bien es emotiva y, en el fondo, deja buen sabor de boca, no acaba de convencer del todo. Su mayor originalidad radica en enfrentar las culturas cristiana y musulmana de principios del siglo XVII sobre un navío y hacerlas caer en un amor imposible (argumento del que, por otro lado, quizás estemos ya bastante saturados). Además, la historia recuerda a un rompecabezas en el que distintas piezas de sobra conocidas se van encajando para formar un todo. Con esto quiero ilustrar la sensación con la que salí del musical: tuve la impresión de haber sido testigo de varias historias ya vistas en una sola (la eterna lucha de Romeo y Julieta por poder amarse, encarnada esta vez en Saïd y Blanca, o la presencia del niño Idriss y todo su alucinante parecido con el pequeño Gavroche de “Los Miserables”, como ejemplos destacados entre muchos otros). Por otro lado, el argumento de la obra decepciona en cierto modo (sobre todo en el segundo acto, donde es ligeramente monótono y poco activo), salvado quizás de algún modo por las extraordinarias canciones, que, rápidas o lentas, y aunque parezca mentira, aportan narratividad a la historia y consiguen animarla con su grandeza. El punto fuerte de la obra es, sin lugar a dudas, el final del primer acto, cuando todos los piratas se suben orgullosos en su barco y entonan ese prodigioso ‘Himno de los Piratas’ (‘Himne dels Pirates’) que aún hoy, dos años después de presenciar aquel musical, sigue resonando en mis oídos de vez en cuando con sus acordes bañados en agua salada. Esta canción da una idea de la fuerza que la partitura le imprime al musical, y que es tanta que podría decirse que es un todo dentro del todo. Tanto las canciones más movidas (valga de ejemplo la ya mencionada o la ‘Fiesta de los Piratas’ -‘Festa dels Pirates’-) como las más lentas y melancólicas (a destacar por encima de las demás, la ‘Canción de Osman’ -‘Cançó d’Osman’-, ‘Por qué llorar’ -‘Perqué he plorat’- o ‘Estoy sola’ -‘Estic sola’-, que constituyen el verdadero punto fuerte).

Una de las cosas más impresionantes de “Mar y cielo” era su escenografía. No hay duda de que todos los espectadores quedaron maravillados con el monumento que Dagoll Dagom presentaba en el escenario en todo su esplendor: un barco de madera de dimensiones casi reales que (¡¡atención!!) se movía, reproduciendo el vaivén de las olas con absoluta perfección y girando sobre sí mismo para presentar todos sus flancos al público. El juego que daba el mencionado barco era impresionante, pero quizás se abusó demasiado de su presencia en escena (claro, ya que estaba construida semejante mole, había que aprovecharla). Debido a esto, la vivacidad de la historia se resentía más, en la medida en que, prácticamente las dos horas que duraba, se desarrollaban en el interior del barco o sus inmediaciones (con excepciones como el principio de la obra, en el sofisticado y barroco despacho del Felipe III, o el inicio del segundo acto, en un mercadillo árabe del norte de África, con mucho colorido y muchas telas).

Si hay algo más que merezca la pena ser destacado por encima de todo en la producción madrileña de 2006, fue el reparto que se subió a las tablas del Teatro Gran Vía. Encabezaban el elenco Carlos Gramaje (un poderoso y firme, pero en ocasiones dulce Saïd, directamente llegado de la producción catalana de 2004) y Julia Möller (de sobra conocida por su inigualable voz y talento para los musicales, que sustituyó a la Blanca de la producción catalana, Elena Gadel, y nos regaló la suavidad y resignación de la joven cristiana enamorada de Saïd, aplaudida a rabiar por todo el auditorio en las canciones ‘Por qué llorar’ y ‘Estoy sola’ mencionadas anteriormente). El resto del reparto también se salió por los bordes, con unas actuaciones impecablemente desarrolladas por todos sin excepción, pero sobre todo, por Víctor Ullate Roche -asiduo ya de las más conocidas producciones musicales de nuestro país, esta vez en el papel del morisco Osman, por cuya boca canta una de las canciones más sobrecogedoras de la obra- y Ricardo Truchado -más conocido por su participación en el televisivo “Empieza el espectáculo” y encargado de dar vida al personaje de Hassèn con su grave y ronca voz-.

A pesar de lo que ocurre con todos los musicales traducidos, y eso incluye a “Mar y cielo” (que la obra en su lengua original siempre es mejor), la versión que vimos en Madrid fue un acierto de traducción. Nunca chirriaron las letras, y se adaptaron a la perfección al castellano, aunque sea cierto que no pudo igualarse el efecto que producía la unión de la cadencia de la lengua catalana y la música compuesta específicamente para ella.

Una vez más, una historia de amor llegó a nuestros corazones, pero en esta ocasión, fue a golpe de timón y despliegue de velas, de manos blancas y torsos curtidos, de sentimientos imposibles y sueños traicionados. Por unas cosas o por otras, “Mar y cielo” consiguió no dejar indiferente a ninguno de los espectadores que fueron sus testigos. A finales de 2006, el musical echó su ancla en el muelle del olvido una vez más, pero, como ya nada es seguro a estas alturas, quizás sus velas vuelvan a hincharse cuando, junto a los oídos de Dagoll Dagom, sople de nuevo el fuerte viento del Este...



LO MEJOR
- La partitura.
- Julia Möller y Carlos Gramaje.
- Lo mucho que impresiona el barco la primera vez que se ve en movimiento.


LO PEOR
- La omnipresencia del barco puede llegar a cansar.
- La precaria originalidad en la composición de la historia.


CALIFICACIÓN FINAL: 3/5 RECOMENDABLE

Esmeralda López Muñoz

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